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Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870)

Rimas LXVI - LXXV

LXVI   LXVII    LXVIII   LXIX   LXX    LXXI   LXXII    LXXIII    LXXIV     LXXV

El orden de las Rimas (números romanos) es el que fijaron los amigos de Bécquer en la edición de 1871. Los números en cifras árabes corresponden al orden en el Libro de los gorriones.
The roman numbering of the Rimas was fixed by Bécquer's friends in the 1871 edition of his poems. The arabic numbering corresponds to the order of the poems in the Libro de los gorriones.

LXVI
67

¿ De dónde vengo ?...  El más horrible y áspero

                    de los senderos busca;

las huellas de unos pies ensangrentados

                        sobre la roca dura;

los despojos de un alma hecha jirones

                    en las zarzas agudas,

                        te dirán el camino

                    que conduce a mi cuna.

 

¿ Adónde voy ? El más sombrío y  triste

                        de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

                        melancólicas brumas;

en donde esté una piedra solitaria,

                        sin inscripción alguna,

                        donde habite el olvido,

                            allí estará mi tumba.

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LXVII
18

¡ Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y, a su beso de lumbre,

brillar las olas y encenderse el aire!

 

¡ Qué hermoso es tras la lluvia

del triste otoño en la azulada tarde,

de las húmedas flores

el perfume aspirar hasta saciarse!

 

¡ Qué hermoso es cuando en copos

la blanca nieve silenciosa cae,

de las inquietas llamas

ver las rojizas lenguas agitarse!

 

Qué hermoso es,  cuando hay sueño,

dormir bien... y roncar como un sochantre...

y comer... y engordar... ¡Y qué desgracia

que esto sólo no baste!

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LXVIII
61

        No sé lo que he soñado

        en la noche pasada.

Triste, muy triste, debió ser el sueño,

pues despierto la angustia me duraba.

 

            Noté al incorporarme

            húmeda la almohada,

y por primera [vez] sentí al notarlo

de un amargo placer henchirse el alma.

 

            Triste cosa es el sueño

            que llanto nos arranca,

mas tengo en mi tristeza una alegría...

¡Sé que aún me quedan lágrimas!

 

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LXIX
49

(¡La vida es sueño!

Calderón)

Al brillar un relámpago nacemos,

y aún dura su fulgor cuando morimos:

                ¡tan corto es el vivir!

 

La Gloria y el Amor tras que corremos,

sombras de un sueño son que perseguimos:

                ¡despertar es morir!

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LXX
59

 

¡ Cuántas veces, al pie de las musgosas

          paredes que la guardan,

oí la esquila que al mediar la noche

            a los maitines llama!

 

¡ Cuántas veces trazó mi silüeta

                la luna plateada,

junto a la del ciprés, que de su huerto

          se asoma por la tapias!

 

Cuando en sombras la iglesia se envolvía,

                   de su ojiva calada,

¡ cuántas veces temblar sobre los vidrios

                vi el fulgor de la lámpara!

 

Aunque el viento en los ángulos oscuros

                de la torre silbara,

del coro entre las voces percebía

           su voz vibrante y clara.

 

En las noches de invierno, si un medroso

            por la desierta plaza

se atrevía a cruzar, al divisarme

             el paso aceleraba.

 

Y no faltó una vieja que en el torno

             dijese a la mañana

que de algún sacristán muerto en pecado

            acaso era yo el alma.

 

A oscuras conocía los rincones

           del atrio y la portada;

de mis pies las ortigas que allí crecen

        las huellas tal vez guardan.

 

Los búhos, que espantados me seguían

       con sus ojos de llamas,

llegaron a mirarme con el tiempo

      como a un buen camarada.

 

A mi lado sin miedo los reptiles

        se movían a rastras;

hasta los mudos santos de granito

        creo que me saludaban.

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LXXI
76

        No dormía; vagaba en ese limbo

en que cambian de formas los objetos,

misteriosos espacios que separan

                la vigilia del sueño.

 

     Las ideas que en ronda silenciosa

daban vueltas en torno a mi cerebro,

poco a poco en su danza se movían

             con un compás más lento.

 

        De la luz que entra en el alma por los ojos

los párpados velaban el reflejo;

mas otra luz el mundo de visiones

                alumbraba por dentro.

 

        En este punto resonó en mi oído

un rumor semejante al que en el templo

vaga confuso al terminar los fieles

            con un Amén sus rezos.

 

        Y oí como una voz delgada y triste

que por mi nombre me llamó a lo lejos,

¡ y sentí olor de cirios apagados,

            de humedad y de incienso!

                                   ***

        Entró la noche y el olvido en brazos

caí cual piedra en su profundo seno.

Dormí y al despertar exclamé: -¡ Alguno

                que yo quería ha muerto!

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LXXII
5

Primera voz

    Las ondas tienen vaga armonía

                        las vïoletas suave olor,

brumas de plata la noche fría,

                        luz y oro el día;

                          yo algo mejor:

                        ¡ Yo tengo Amor!

 

Segunda voz

    Aura de aplausos, nube radiosa,

ola de envidia que besa el pie,

isla de sueños donde reposa

                            el alma ansiosa,

                        dulce embriaguez:

                                ¡ la Gloria es !

 

Tercera voz

    Ascua encendida es el tesoro,

sombra que huye la vanidad.

Todo es mentira: la gloria, el oro;

                        lo que yo adoro

                        sólo es verdad:

                           ¡ la Libertad !

 

    Así los barqueros pasaban cantando

                       la eterna canción

y, al golpe del remo, saltaba la espuma

                            y heríala el sol.

 

- ¿ Te embarcas ?, gritaban; y yo sonrïendo

                            le dije al pasar:

- Yo ya me he embarcado; por señas que aún tengo

la ropa en  la playa tendida a secar.

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LXXIII
71

    Cerraron sus ojos

que aún tenía abiertos,

taparon su cara

con un blanco lienzo,

y unos sollozando,

otros en silencio,

de la triste alcoba

todos se salieron.

 

    La luz que en un vaso

ardía en el suelo,

al muro arrojaba

la sombra del lecho;

y entre aquella sombra

veíase a intérvalos

dibujarse rígida

la forma del cuerpo.

 

    Despertaba el día,

y, a su albor primero,

con sus mil rüidos,

despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

de vida y misterio,

de luz y tinieblas,

yo pensé un momento:

 

- ¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

                    ***

    De la casa, en hombros,

lleváronla al templo

y en una capilla

dejaron el féretro.

Allí rodearon

sus pálidos restos

de amarillas velas

y de paños negros.

 

    Al dar de las Ánimas

el toque postrero,

acabó una vieja

sus últimos rezos;

cruzó la ancha nave,

las puertas gimieron,

y el santo recinto

quedóse desierto.

 

    De un reloj se oía

compasado el péndulo,

y de algunos cirios

el chisporreteo.

Tan medroso y triste,

tan oscuro y yerto,

todo se encontraba

que pensé un momento:

 

- ¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

                   ***

    De la alta campana

la lengua de hierro

le dio volteando

su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

amigos y deudos

cruzaron en fila

formando el cortejo.

 

    Del último asilo,

oscuro y estrecho,

abrió la piqueta

el nicho a un extremo.

Allí la acostaron,

tapiáronle luego

y con un saludo

despidióse el duelo.

 

    La piqueta al hombro

el sepulterero,

cantando entre dientes,

se perdío a lo lejos.

La noche se entraba,

[reinaba el silencio];

perdido en las sombras,

yo pensé un momento:

 

- ¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

                        ***

    En las largas noches

del helado invierno,

cuando las maderas

crujir hace el viento

y azota los vidrios

el fuerte aguacero,

de la pobre niña

a veces me acuerdo.

 

    Allí cae la lluvia

con un son eterno;

allí la combate

el soplo del cierzo.

Del húmedo muro

tendido en el hueco,

¡ acaso de frío

se hielan sus huesos...!

 

    ¿ Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿ Todo es [vil materia],

podredumbre y cieno?

No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

[que al par nos infunde

repugnancia y duelo,

al] dejar tan tristes,

tan solos los muertos!

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LXXIV
24

    Las ropas desceñidas,

desnudas las espadas,

en el dintel de oro de la puerta

dos ángeles velaban.

 

    Me aproximé a los hierros

que defienden la entrada,

y de las dobles rejas en el fondo

la vi confusa y blanca.

 

    La vi como la imagen

que en leve ensueño pasa,

como rayo de luz tenue y difuso

que entre tinieblas nada.

 

    Me sentí de un ardiente

deseo llena el alma;

como atrae un abismo, aquel misterio

hacia sí me arrastraba.

 

    Mas ¡ay! que, de los dos ángeles,

parecían decirme las miradas:

- El umbral de esta puerta

sólo Dios lo traspasa.

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LXXV
23

¿ Será verdad que, cuando toca el sueño,

con sus dedos de rosa, nuestros ojos,

de la cárcel que habita huye el espíritu

                en vuelo presuroso?

 

¿ Será verdad que, huésped de las nieblas,

de la brisa nocturna al tenue soplo,

alado sube a la región vacía

            a encontrase con otros?

 

¿ Y allí desnudo de la humana forma,

allí los lazos terrenales rotos,

breves horas habita de la idea

            el mundo silencioso?

 

¿ Y ríe y llora y aborrece y ama

y guarda un rastro del dolor y el gozo,

semejante al que deja cuando cruza

            el cielo un meteoro?

 

Yo no sé si ese mundo de visiones

vive fuera o va dentro de nosotros.

Pero sé que conozco a muchas gentes

             a quienes no conozco.

 

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