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Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870)

Rimas LII - LXV

LII   LIII     LIV    LV     LVI    LVII     LVIII  LIX   LX

  LXI     LXII    LXIII    LXIV     LXV

El orden de las Rimas (números romanos) es el que fijaron los amigos de Bécquer en la edición de 1871. Los números en cifras árabes corresponden al orden en el Libro de los gorriones.
The roman numbering of the Rimas was fixed by Bécquer's friends in the 1871 edition of his poems. The arabic numbering corresponds to the order of the poems in the Libro de los gorriones.

LII
35

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y  remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

            ¡llevadme con vosotras!

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrado en el ciego torbellino,

            ¡llevadme con vosotras!

 

Nubes de tempestad que rompe el rayo

y en fuego enciende las sangrientas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

            ¡llevadme con vosotras!

 

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad!  ¡Tengo miedo de quedarme

                con mi dolor a solas!

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LIII
38

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

                jugando llamarán.

 

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y  mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres...

            ¡ésas... no volverán!

 

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y  otra vez a la tarde aún  más hermosas

            sus flores se habrirán.

 

Pero aquellas, cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día...

            ¡ésas... no volverán!

 

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar,

tu corazón de su profundo sueño

                        tal vez despertará.

 

Pero mudo  y  absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido...; desengañate,

                        ¡así... no te querrán!

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LIV
36

Cuando volvemos las fugaces horas

                del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

        una lágrima pronta a resbalar.

 

Y, al fin, resbala y cae como gota

                de rocío al pensar

que cual hoy por ayer, por hoy  mañana

volveremos los dos a suspirar.

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LV
9

Entre el discorde estruendo de la orgía

                    acarició mi oído,

como nota de música lejana,

                   el eco de un suspiro.

 

El eco de un suspiro que conozco,

formado de un aliento que he bebido,

perfume de una flor que oculta crece

                    en un claustro sombrío.

 

Mi adorada de un día, cariñosa,

-¿ En qué piensas? - me dijo.

- En nada... -En nada, ¿y lloras? - Es que tengo

alegre la tristeza y triste el vino.

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LVI
20

Hoy como ayer, mañana como hoy,

                ¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

                y andar... andar.

 

Moviéndose a compás, como una estúpida

                máquina, el corazón.

La torpe inteligencia del cerebro,

                dormida en un rincón.

 

El alma, que ambiciona un paraíso,

                    buscándole sin fe,

fatiga sin objeto, ola que rueda

                    ignorando   por qúe.

 

Voz que, incesante, con el mismo tono,

                canta el mismo cantar,

gota de agua monótona que cae

                        y cae, sin cesar.

 

Así van deslizándose lod días,

                unos de otros en pos,

hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,

                        sin gozo ni dolor.

 

¡Ay,  a veces me acuerdo suspirando

                        del antiguo sufrir!

Amargo es el dolor,  ¡pero siquiera

                           padecer es vivir!

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LVII
32

Este  armazón de huesos y pellejo,

de pasear un cabeza loca

se halla cansado al fin, y no  lo extraño,

pues, aunque es verdad que no soy viejo,

en la vida del mundo, por mi daño

he  hecho un uso tal, que juraría

que he condensado un siglo en cada día.

 

Así, aunque ahora muriera,

no podría decir que no he vivido;

que el sayo,  al parecer nuevo por fuera,

conozco que por dentro ha enviejecido.

 

Ha enviejecido, sí, ¡pese a mi estrella!

Harto lo dice ya mi afán doliente,

que hay dolor que, al pasar su horrible huella,

graba en el corazón, si no en la frente.

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LVIII
8

¿ Quieres que, de ese néctar delicioso,

                no te amargue la hez?

Pues aspírale, acércale a tus labios

                       y déjale después.

 

¿ Quieres que conservemos una dulce

            memoria de este amor?

Pues amémosnos hoy mucho, y mañana

               digámosnos:- ¡Adiós!

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LIX
17

Yo sé cuál el objeto

de tus suspiros es;

yo conozco la causa

                            de tu dulce

secreta languidez.

¿ Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

Tú lo sabes apenas,

                        y   yo lo sé.

 

Yo sé cuándo tú sueñas,

y lo que en sueños ves;

como en un libro puedo

                        lo que callas

en tu frente leer.

¿ Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

Tú lo sabes apenas,

                        y   yo lo sé.

 

Yo sé por qué sonríes

y lloras a  la vez;

yo penetro en los senos

                           misteriosos

de tu alma de mujer.

¿ Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

mientras tú sientes mucho

                        y nada sabes,

yo que no siento ya,

                      todo   lo sé.

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LX
41

Mi vida es un erïal,

flor que toco se deshoja;

que en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

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LXI
45

(Melodía

Es muy triste morir joven y no contar con una sola
lágrima de mujer.)

Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

     ¿ quién se sentará?

 

Cuando la trémula mano

tienda, próximo a expirar,

buscando una mano amiga,

    ¿ quién la estrechará?

 

Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

        ¿ quién los cerrará?

 

Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral)

una oración al oírla

        ¿ quién murmurará ?

 

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

    ¿ quién vendrá a llorar?

 

¿ Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿ quién se acordará?

 

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LXII
56

(Al amanecer)

Primero es un albor trémulo y vago,

raya de inquieta luz corta el mar;

luego chispea y crece  y se dilata

en ardiente explosión de claridad.

 

La brilladora lumbre es la  alegría,

la temerosa sombra es el pesar.

¡ Ay! ¿ En la oscura noche de mi alma,

                    cuándo amanecerá?

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LXIII
68

Como enjambre de abejas irritadas,

de un oscuro rincón de la memoria

salen a perseguirme los recuerdos

                de las pasadas horas.

 

Yo los quiero ahuyentar.  ¡ Esfuerzo inútil!

                Me rodean, me acosan,

y unos tras otros a clavarme vienen

el agudo aguijón que el alma encona.

 

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LXIV
64

Como guarda el avaro su tesoro,

            guardaba mi dolor;

le quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.

 

Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo

                que le acabó, decir:

- ¡ Ah, barro miserable, eternamente

              no podrás ni aun sufrir!

 

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LXV
47

 

Llegó la noche y no encontré un asilo;

y tuve sed... mis lágrimas bebí,

¡ Y tuve hambre!  ¡ Los hinchados ojos

                           cerré para morir!

 

¿ Estaba en un desierto?  Aunque a mi oído

de la turba, llegaba el ronco hervir,

yo era huérfano y pobre... El mundo estaba

                            desierto... ¡para mí!

 

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