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Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870)

Rimas XLI - LI

XLI   XLII    XLIII  XLIV    XLV     XLVI    XLVII   XLVIII  XLIX    L   LI

El orden de las Rimas (números romanos) es el que fijaron los amigos de Bécquer en la edición de 1871. Los números en cifras árabes corresponden al orden en el Libro de los gorriones.
The roman numbering of the Rimas was fixed by Bécquer's friends in the 1871 edition of his poems. The arabic numbering corresponds to the order of the poems in the Libro de los gorriones.

 

XLI
26

Tú eras el huracán,  y  yo la  alta

torre que desafía su poder.

¡Tenías que estrellarte o que abatirme...!

            ¡No pudo ser!

 

Tú eras el océano, y  yo la enhiesta

roca que firme aguarda  su vaivén.

¡Tenías que romperte o que arrancarme...!

            ¡No pudo ser!

 

Hermosa tú,  yo altivo; acostumbrados

uno a arrollar, el otro a no ceder;

la senda estrecha,  inevitable el choque...

            ¡No pudo ser!

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XLII
16

Cuando me lo contaron, sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas;

me apoyé contra el muro, y un instante

la conciencia perdí de donde estaba.

 

Cayó sobre mi espíritu la noche,

en ira  y  en piedad se anegó el alma.

¡ Y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

 

Pasó la nube  de  dolor ... Con pena

logré balbucear breves palabras...

¿ Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...

Me hacía un gran favor... Le di las gracias.

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XLIII
34

Dejé la luz a un lado, y en el borde

de la revuelta cama me senté,

mudo, sombrío, la pupila inmóvil

                        clavada en la pared.

 

¿ Qué tiempo estuve así ? No sé; al dejarme

la embriaguez horrible [del ] dolor,

expiraba la luz y en mis balcones

                                reía el sol.

 

Ni sé tampoco en tan terribles horas

en qué pensaba o qué pasó  por mi;

sólo recuerdo que lloré y maldije,

y que en aquella noche enviejecí.

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XLIV
10

Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo.

¿ A qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos ?

 

¡Llora!  No  te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora!  Nadie nos mira.

Ya ves: yo soy un hombre... y también lloro.

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XLV
3

En la clave del arco rüinoso

cuyas piedras el tiempo enrojeció,

obra de cincel rudo campeaba

            el gótico blasón.

 

Penacho de su yelmo de granito,

la yedra que colgaba en derredor

daba sombra al escudo en que una mano

             tenía un corazón.

 

A contemplarle en la desierta plaza

        nos paramos los dos:

- Y ese -  me dijo - es el cabal emblema

        de mi constante amor.

 

¡Ay!  Es verdad lo que me dijo entonces;

        verdad que el corazón

lo llevará en la mano..., en cualquier parte...

            pero en el pecho, no.

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XLVI
77

("Es verdad que [el amor] pasa y no vuelve, como no
vuelven tampoco las generosas ilusiones ni las
espléndidad esperanzas de la juventud. En cambio,
el dolor, una vez llegado, permanece y echa de día
en día, como los árboles, más hondas raices en
nuestro corazón;..."

Narciso Campillo, artículo necrológico del poeta,
"La Ilustración de Madrid", 15 de enero de 1871.)

 

Me ha herido recatándose en las sombras,

sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello y, por la espalda,

        partióme a sangre fría el corazón.

 

Y ella prosigue alegre su camino,

feliz, risueña, impávida. ¿ Y por qué ?

        Porque no brota sangre de la herida.

Porque el muerto está en pie.

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XLVII
2

Yo me he asomado a las profundas simas

            de la tierra y del cielo,

y les he visto el fin o con los ojos

            o con el pensamiento.

 

Mas ¡ay!  de un corazón llegué al abismo

            y me incliné un momento,

y mi alma y mis ojos se turbaron:

            ¡Tan hondo era  y tan negro!

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XLVIII
1

 

Como se arranca el hierro de una herida

su amor de las entrañas me arranqué;

aunque sentí  al hacerlo que la vida

            ¡me arrancaba con él!

 

Del altar que le alcé en el alma mía,

la voluntad su imagen arrojó;

y la luz de la fe que en ella ardía

ante el ara desierta se apagó.

 

Aún, para combatir mi  firme empeño,

viene a mi mente su visión tenaz...

¡Cuándo podré dormir con ese sueño

            en que acaba el soñar!

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XLIX
14

Alguna vez la encuentro por el mundo,

                    y   pasa junto a mí;

y pasa sonrïéndose, y yo digo:

                - ¿ Cómo puede reír ?

 

Luego asoma a mi labio otra sonrisa,

                    máscara del dolor,

y entonces pienso: - Acaso ella se ríe,

                        como me río yo.

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L
12

Lo que el salvaje que con torpe mano

hace de un tronco a su capricho un dios,

y luego ante su obra se arrodilla,

                eso hicimos tú y  yo.

 

Dimos formas reales a un fantasma,

de la mente,  ridícula invención,

y hecho el ídolo ya, sacrificamos

            en su altar nuestro amor.

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LI
70

De lo poco de vida que me resta,

diera con gusto los mejores años,

        por saber lo que a otros

            de mí has hablado.

 

Y esta vida mortal y, de la eterna

lo que me toque, si me toca algo,

        por saber lo que a solas

            de mí has pensado.

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